Comunicado sobre la paz.

La realidad nos está interpelando: nuestra misión Fe y Justicia”
A la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús
A la comunidad estudiantil de ITESO
A la sociedad civil en general
Comunicado de los Escolares de Primera Etapa de formación en filosofía de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, manifestándose en contra de la violencia estatal y en pro de la justicia en México.
IMG-20150922-WA0002Hace poco más de un año, alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en Guerrero, arribaron al municipio de Iguala. Eran aproximadamente las 21 horas cuando los jóvenes fueron detenidos y reprimidos violentamente por miembros de la policía municipal. Esa noche fueron asesinados 6 estudiantes, hubo 25 heridos y 43 normalistas desaparecidos. Estos 43 compañeros estudiantes aún no han sido encontrados e identificados, a pesar de la desesperación y desolación de sus familiares, amigos, compañeros y miles de personas en México. 
Ante este acontecimiento ocurrido a los compañeros normalistas de Ayotzinapa, y sumado a la ola de acontecimientos violentos que actualmente asolan nuestro país, como escolares jesuitas en etapa de formación filosófica nos hemos reunido para expresar nuestra preocupación ante la realidad que se nos presenta, para hacer un esfuerzo en conjunto y pensar, en dinámica de discernimiento, propuestas en pro de la misión fe-justicia en la cual creemos.

Tejiendo Comunidad reconstruimos la Sociedad


 
Del 15 al 17 de junio se reunirán jóvenes católicos en cuatro ciudades del país para analizar el tema de la violencia en México y formarse como promotores de la reconstrucción del tejido social. Son jóvenes que pertenecen a la Red Juvenil Ignaciana, una articulación de grupos promovida por los jesuitas de México que viene trabajando a partir del año 2008. Desde Xalapa, Tepic, Oaxaca y Chihuahua se empezarán a entretejer acciones para una patria en paz y secundar este deseo en el país de una ciudadanía consciente e informada. 

   
 Las respuestas gubernamentales a la situación de violencia que vive nuestro país se han quedado en acciones policíacas y punitivas, como el patrullaje e instalación de retenes por parte del ejército, incremento de armamento en los cuerpos de seguridad, búsqueda y aprehensión de algunos narcotraficantes, o acuerdos gubernamentales para depurar a los cuerpos policíacos. Se reduce la visión de la violencia en el país al mundo del narcotráfico y el llamado "crimen organizado". 


 


Existen diferentes reacciones sociales ante la violencia, la gran mayoría decide tomar medidas de protección y prevención, evitar lugares señalados de violentos, no denunciando los delitos que les fueron cometidos. Otros se manifiestan públicamente pidiendo propuestas que integren el combate a la corrupción, evitando que ingrese dinero proveniente del narcotráfico a los partidos políticos y algunas voces que piden más políticas de seguridad social. Ahora vemos un sector juvenil que manifiesta su deseo de una renovación de la política que nos conduzca a una verdadera paz social.





 
Falta una reflexión sobre las causas de la violencia y una visión histórica sobre su origen. Es necesario explorar horizontes para entender por qué se perdieron los códigos de convivencia que por muchas décadas sirvieron a la sociedad mexicana para mantener la paz social. Si no se comprenden las causas de la violencia desde una visión más amplia no se podrán impulsar los cambios estructurales que necesita el país. 

Al tener una comprensión más integral de las causas de la violencia en México, enmarcada en una crisis mundial expresada de diferentes maneras en cada región del planeta, se podrá entender cómo el deterioro del tejido social ha favorecido el auge de la violencia y lo importante de recuperar el sentido de los mecanismos de integración social para fortalecerlos con acuerdos entre diferentes actores y autoridades locales. 



 Por mecanismos de integración social entendemos todos aquellos espacios, símbolos o prácticas que construyen vínculos familiares y comunitarios con valores de respeto, inclusión y solidaridad. Por ejemplo: plazas públicas, parques, teatro, peregrinaciones, navidad, carnaval, feria, fiestas patronales, mercado, escuela, grupos de iglesia, scout, comedores, entre otros.   

El tejido social se fortalece por medio del restablecimiento de las relaciones familiares o vecinales, con símbolos que ayuden a mirar más allá de la propia satisfacción al rehacer una relación, y tengan un referente ético para medir mis actitudes hacia los otros. Esto lo encontramos con mayor fuerza en los símbolos religiosos. El cristianismo es un baluarte de símbolos para crear tejido social en nuestra sociedad, sobretodo para incluir a quienes se han marginado o despreciado socialmente. 






En estos encuentros regionales se buscarán las formas de integrar la política, la espiritualidad y la comunidad. Una muestra de que los jóvenes buscan nuevas maneras de hacer política en México que integre el sentido de trascendencia y el sentido comunitario. Estos jóvenes católicos formados en la espiritualidad ignaciana pretenden darle espíritu a la política integrando su fe y su compasión por las víctimas de la corrupción. Hoy cuando el país vive una irrupción de la juventud necesitamos afinar nuestros oídos para escuchar lo que de Espíritu hay en sus demandas.   

P. Jorge Atilano González Candia sj

www.redjuvenilignaciana.org

Orar con el cuerpo y recibir el cuerpo



Por Mariola López rscj

El cuerpo es nuestro compañero más cercano e íntimo,  nacemos envueltos en él  y sólo al emprender el viaje  definitivo, el viaje de todos , nos desprenderemos de él. Cada experiencia de nuestra vida  quedará grabada en su memoria, las que queremos revivir por el goce profundo que nos produjeron y aquellas que quisiéramos no volver a evocar y que, aun sanadas, él tendrá guardadas en su caja de resonancia.  Llevamos todo con nosotros. Si en otros tiempos había que desentenderse del cuerpo para orar, afortunadamente ahora constatamos la necesidad y la urgencia de contar con él. El alma  ya no “lucha con el cuerpo”  sino que éste se convierte en su mejor fruto, en el  amigo primero y principal de nuestra alma.  

 “ Este es mi cuerpo ” (Mc 14, 22), dirá Jesús, “ tomadlo ”. Necesitamos ahondar en esta realidad. Podía haber dicho “esta es mi vida, esta es mi historia, yo mismo”…pero dice: “este es mi cuerpo” y contenido en él su manera de estar en la vida y de situarse en ella, sus modos de mirar, de tocar, de estar presente.  ¿Cómo vivió Jesús en su corporalidad la relación con Dios y con los otros y cómo somos invitados a vivirla nosotros?

En este ensalzamiento actual del cuerpo a todos los niveles  necesitamos encontrar la “justa cercanía ” para relacionarnos con él, ni por exceso (la atención desmedida al cuerpo),  ni por defecto (no escuchar  sus necesidades) podremos establecer un vínculo sano con el propio cuerpo. Nuestras maneras de relacionarnos están configuradas por él. No hay experiencia de amor, y por eso no hay experiencia de Dios y de los otros, que no ocurra en  nuestro cuerpo.

Mi madre dejó de ir a la eucaristía porque los bancos de la Iglesia del pueblo se le clavaban en la espalda y no aguantaba todo el tiempo así.  Ahora que está en un momento de fragilidad física y necesita ayuda de otros,  recuerdo frente a ella este texto de san Pablo: “aunque nuestra condición física se vaya deteriorando, nuestro ser interior se renueva de día en día ” (2 Cor 4, 16). Y ante ella  siento que es un misterio cómo va creciendo este “ser interior” porque toda la persona es ahora su cuerpo, un cuerpo muy vulnerable,  y las funciones fisiológicas más básicas se imponen y ocupan un lugar principal. Una hermana de Colombia me escribía contándome: “ estoy un poco distante de todo lo espiritual cuando tengo algo que me duele…”

No podemos orar al margen de nuestro cuerpo: de nuestra salud, de nuestro psiquismo, de nuestros cansancios, de nuestros afectos, de nuestra piel. En la antropología bíblica el cuerpo y el espíritu están íntimamente asociados, son uno. Todo lo que somos está contenido en él: ofrecernos, alabar, ser perdonados, agradecer, danzar, suplicar, interceder…Toda apertura a la Trascendencia ocurre en los límites de nuestra corporalidad, ahí nos recibimos y nos entregamos. 

Muchos son los  registros posibles en un tema tan rico en matices, por eso intentaré transitar, al amparo del Evangelio, aquellos que me son más cercanos. Antes quisiera recordar  algo que considero previo a cualquier reflexión que podamos hacer:

“La mayoría de los cuerpos de nuestro mundo no son cuerpos occidentales bien alimentados, con acceso a agua limpia, alimento, cuidados sanitarios  y una vivienda digna, y cuyas inquietudes principales son alcanzar el bienestar psicológico, sexual y espiritual. Son cuerpos pobres, abandonados y enfermos que gritan pidiendo justicia a un mundo ensordecido por el poder, el militarismo y la riqueza.” [1]

1.- Regresar a la propia casa

Al acercarnos a las tradiciones orientales  llama  la atención la importancia que conceden al cuerpo. Es con el cuerpo que todas las cosas comienzan y la meditación es un arte que enseña el uso de los pulmones, el abdomen, la espina dorsal, los ojos…“ El cuerpo es lo primero, Dios viene al final” (W. Johnston).

En las grandes ciudades ha crecido la oferta de centros de salud integral  relacionados con el cuidado del cuerpo que adoptan  prácticas de Oriente. Se han globalizado los hábitos de comportamiento con el propio cuerpo y las imágenes occidentales, más dualistas, se encuentran sometidas a distintas  influencias: las prácticas del yoga, el Tai- Qi (“energía fundamental”), el Qi -Gong (“trabajo sobre la energía”), las artes marciales japonesas y las prácticas confucionistas del cultivo de sí mismo, entre otras. Es un aporte valioso y hay que dar la bienvenida a toda apertura y enriquecimiento en este campo que tenga en cuenta al cuerpo.  Necesitamos recuperarlo, no tanto en su exterioridad sino  contemplado desde dentro. El riesgo que puede darse en nuestros contextos es privar a estas  prácticas del transfondo espiritual en el que surgen y reducirlas a simples técnicas para el tratamiento del cuerpo.

Sin estar presentes al propio cuerpo tampoco podremos estarlo al de los demás. Para acceder a esta consciencia del cuerpo que somos necesitamos abrir la primera puerta, la principal, la que da acceso a todo el resto de la casa: el contacto con nuestra respiración. 

“ A través de esta conexión con lo más elemental de la existencia, accedemos al mismo tiempo a las mayores profundidades de la experiencia interior…Tenemos la sensación, cuando estamos atentos al flujo y reflujo del aire en nosotros que experimentamos una extraña plenitud…reencontramos el contacto perdido con el cuerpo y con su ritmo sanador (…) Es también el camino de vuelta a casa [2] ”.
Las diversas escuelas de meditación y oración  conectan con este ritmo básico de la respiración  porque en él está contenido el ritmo de la vida: recibir y entregar, anhelar y abandonarse, nacer y morir.  No podemos escuchar nuestro ser esencial sin auscultar los latidos del propio cuerpo. El otro día una amiga me decía que yo respiraba demasiado corto  y que necesitaba aprender a respirar bien. Siento que es verdad, que según el momento que atravesamos así también  es nuestra respiración En la oración, comenzar por aquí es el principal medio para poder disponernos a otro Aliento.  Si  vamos abriendo bien esta primera puerta ya sería casi suficiente. Todo el tiempo que podamos emplear ahí es dado por bueno. Aprender a respirar bien  ¡tiene tanto que ver con aprender a vivir hondamente!  A través del contacto con la respiración nos hacemos presentes a nosotros mismos, a esa Vida en nosotros que nos trasciende, a las presencias que acontecen cada día. Necesitamos regresar a  “ la-casa-que-no-habitamos” para comenzar a vivir en ella anchamente,  recorrer cada una de sus estancias y poder ofrecer su hospitalidad a muchos otros.

“ Cuando vayas a orar entra en tu habitación” (Mt 6, 6), en el lugar más interior de tu cuerpo, allí donde nos recibimos de una Respiración mayor.

2.- Saborear corporalmente la realidad
Recuerdo una anécdota que me ocurrió  con una joven  con la que salí  a tomar algo  a un lugar de tapas.  Pedimos una tabla de quesos y  cuando me fui a dar cuenta yo ya me había comido mi parte. Ella me miró sorprendida y me dijo: “ ¡ Qué rápido te lo has tomado¡ ”. “ Si-dije yo un poco avergonzada- tenía hambre ”. “¿ Qué queso te ha gustado más ?”-me preguntó. “¡ Ah!, ¿es que eran diferentes?” Me los había tomado tan deprisa que apenas había podido saborearlos. Fue una llamada de atención y sentí que así iba también por la vida,  sin darme el tiempo y el silencio para gustar las relaciones y las cosas.

Padecemos un déficit de atención , podemos oír sin escuchar, mirar sin ver, comer sin saborear…y eso nos hace difícil disfrutar de  una vida  plena, crear en nosotros un espacio de receptividad. La oración es el lugar donde nuestros sentidos se van serenando, donde se hacen capaces de acceder a la realidad no desde la voracidad sino desde la apertura y la donación.  Necesitamos aprender a saborear corporalmente la realidad , a pasar por nuestro cuerpo los matices y registros de la vida, en su gran diversidad, en su disonancia y en su armonía, en toda la gama de sus colores [3]. Recuperar esa sabiduría corporal a la que Jesús invitaba: “ dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen ” (Mt 13, 16)

Una oración que pusiera el Evangelio en contacto con nuestra razón y nuestro discurso, pero que no tocara ni convirtiera nuestros sentidos, no dejaría huella en nuestros cuerpos [4],   no tejería encarnación, no se traduciría en nuestro modo de estar presentes y vincularnos y no podría operar transformaciones en la realidad.

San Ignacio proponía  en sus meditaciones la aplicación de sentidos [5]. Ejercitar en  la oración  la vista, el tacto, el oído, el gusto y  el olfato que abren los sentidos del corazón. Acceder a Jesús y a las escenas del Evangelio como si presentes nos hallásemos. Es el modo en que nuestra sensibilidad se va haciendo semejante a la de Jesús. “Actuar corporalmente como Jesús para ser interiormente como él. [6]”
Si nuestro cuerpo no recibe la buena noticia no podremos pasarla, aunque empeñemos todos los años de nuestra vida y todos los recursos a nuestro alcance. Si los gustos de Jesús  no van siendo los nuestros,  nuestro código corporal no podrá incorporarse a su modo de proceder . En ocasiones vemos “cuerpos eclesiales” que en sí mismos ya hablan. Dejan poco lugar para la transparencia, hay demasiada gravedad, uno mismo ocupa demasiado espacio.

Poco a poco, en la  medida en que nuestro cuerpo   va siendo integrado al amparo del amor sanador y posibilitador de Dios,  nos vamos atreviendo a expresar toda la variedad de registros y de colores que hay en nosotros, sin guardar ninguno (¡Y tenemos tantos por despertar!)  Desde los más oscuros hasta los más luminosos, todos nos parecerán dignos de existir y amables.

3.- Llevar en nuestros cuerpos otras vidas

Llama la atención la rapidez con la que se está introduciendo en occidente la práctica delmindfulness [7]Procedente del budismo, esta práctica meditativa de la atención consciente y de la presencia plena se utiliza también en terapias para moderar la ansiedad y disminuir el stress. Aprender a estar presentes es un reto en nuestro tiempo por el ritmo de nuestras sociedades,  por la cantidad de información y de reclamos que experimentamos. Pero si uno de los  riesgos era desconectar la práctica corporal de su transfondo espiritual, también puede serlo buscar una atención consciente que nos condujera únicamente al bienestar personal, a un cuidado propio aparentemente saludable, a un deleite de los sentidos, pero que no nos conectara con ese camino compasivo que está en el origen y al final.   ¿Cómo recorrer estas prácticas sin  que nos alejen de los cuerpos vulnerados, pobres y heridos? Creo que ahí está para nosotros, desde la trama del Evangelio, el punto en el que incidir. Ni una manera de vivir el propio cuerpo al margen de la atención que le es legítima, ni un ensimismamiento en nuestro bienestar corporal  que nos distancie del dolor ajeno. Buscar la hondura de nuestro cuerpo y saberlo habitado  y poblado por otros.

Estamos y vivimos en el mundo gracias a una red de relaciones. Cuando se va gestando nuestro cuerpo participamos del contacto directo con el seno de nuestra madre. En África este contacto continúa de un modo más evidente tras el nacimiento mediante el amamantamiento y el cuidado: la madre, la hermana o el hermano llevan al bebe a la espalda. Existe intimidad, seguridad, conexión, solidaridad, contacto. Este toque íntimo es tremendamente terapéutico y, de algún modo, también lo sigue siendo después.  El pueblo yagba de Gambia  llama al cuerpo, ara , que significa “ aquello a través de lo cual una persona atrae favor ”.  Entre los kpelle, una de las tribus más numerosas de Liberia y Guinea, la palabra cuerpo es significada por kpnoo , y tiene el matiz de “ aquello a través de lo cual uno está vinculado a los demás . [8]”

El cuerpo nos vincula y nos hace capaces de establecer conexiones unos con otros. Lo que vemos, lo que oímos, lo que tocan nuestras manos (1 Jn 1) es aquello que conforma la realidad para nosotros y que nos hace  existir de un modo único y concreto. Nadie tiene nuestro mismo modo de sonreír, de enfadarnos, o de besar. Y es a través del cuerpo como el cauce afectivo de nuestra vida toma forma y se despliega. No tenemos otro lugar ni otro acceso a la experiencia de lo humano,  a ese lugar único de Dios que somos cada uno de  nosotros.

Necesitamos cultivar en la oración  la disciplina de la calma y del silencio para escuchar esa presencia callada de los otros. Pacificar y ahondar el cuerpo para que devenga recipiente de otras presencias, transparencia para  algo más. Dejar que en la oración se vayan ordenando sus pulsiones, se vaya abriendo, haciendo permeable a esa Presencia mayor. A través de nuestro cuerpo, la realidad y los rostros que amamos, son atraídos  al templo del corazón  (1 Cor   6, 19). Estamos habitados por muchos otros que van dejando su rastro en nosotros, llevamos en nuestros cuerpos otras vidas. Cuando nos descentramos de nosotros mismos nos volvemos ligeros y alegres y con amplios espacios de receptividad y de irradiación. Francisco de Asís es un icono preciosísimo de esta expresión, un cuerpo pobre y alegre. Totalmente abierto, totalmente ofrecido; que toca con amor la carne herida de un leproso.  Hermano de todos y de todo. Hermano del lobo, del agua y de la muerte … Radiante de gratitud.

Cuando los sentidos se van unificando, la piel acoge la llamada a transfigurarse y el modo de pasar y de estar en la vida se nos va conformando con el de Jesús. Entonces nos parecerá que podemos tocar como si fuéramos ciegos y mirar como si estuviéramos sordos.
   
4.- Tocar como ciegos

Una mujer que incorporó la vivencia de lo corporal en su manera de vivir y de entender a Dios fue Etty Hillesum . Ella escribía: “… tengo un fuerte temperamento erótico y una gran necesidad de caricias y de ternura [9]”. La fuerza erótica en sus expresiones más cotidianas y en sus relaciones se fue transformando en un amor  que iba creciendo cada vez más hasta  tomar todos los aspectos de su persona: “ Me encontré arrodillada de repente junto a mi mesita, mientras que el amor como liberado me recorría toda entera... [10]. 

Con sólo 27 años, y en los tiempos trágicos que le tocó vivir,  esta joven judía nos enseña a no dejar a Dios fuera de ningún espacio,  a poder volvernos hacia él desde cualquier vivencia y situación.  El dolor y el placer, la rabia y la mansedumbre, la injusticia y la belleza…son aspectos de la vida que reconoce nuestro cuerpo.  Dejar que Dios entre ahí, no esconder nada, no guardar nada. En pura desnudez. Atrevernos a dejarnos tocar en esas dimensiones que percibimos  más oscuras en la realidad,  en  nosotros mismos  y en la memoria de nuestro cuerpo para dejarnos llevar a amplios espacios de claridad y de aceptación.

Ella escribe en su diario el 12 de abril de 1942: “ me gustaría palpar con las yemas de los dedos los contornos de estos tiempos…He logrado alcanzar la vida dentro de mi…y descubrí que podía leer también en los demás [11]”. Palpar con las yemas de los dedos la vida y los rostros.  Jesús sabía de este toca r bien concreto, a través de sus manos hizo presente el amor del Padre al tocar con ternura la piel vulnerada  del leproso, en su contacto con los ojos del ciego aislado; posó sus manos en la espalda lastimada de la mujer largos años encorvada, en  aquellos cuerpos impuros  que no se consideraban dignos de ser tocados, ni de ser amados.

El mismo Jesús se deja tocar en un momento de gran vulnerabilidad, en una situación de angustia y de temor, recibe el contacto, la proximidad y la caricia una mujer que lo unge con perfume ( Jn 12, 3). Cuentan que, poco antes del prendimiento, Juan estaba recostado sobre el pecho de Jesús ( Jn 13, 23) es una escena de mucha cercanía física ¿Estaría orando por él? ¿Compartiendo un momento de intimidad con el amigo en tiempos difíciles cuando ya no llegan las palabras? ¿No es ese a veces el único gesto que necesitamos hacer, dejarnos reposar y descansar  y sabernos inmerecidamente acogidos en ese Espacio Mayor que nos sostiene?

Etty Hillesum lo expresa hermosamente:
“…En un momento de descuido y de abandono me encuentro de repente en el pecho desnudo de la vida. Sus brazos me rodean muy suavemente, me protegen y soy casi totalmente incapaz de describir los latidos de su corazón: son tan lentos y regulares y suaves, casi apagados, pero constantes, como si no quisieran parar jamás. Son también muy buenos y piadosos. [12]”

5.- Abrazar el cuerpo vulnerado de Jesús
El único recurso del que Jesús dispone antes de ser arrestado es su propio cuerpo. No tiene otra riqueza, ni otro poder, ni otro don que ofrecer. Ese cuerpo que era su vida lo quiso tomar, voluntariamente. Lo sabía bendecido en su totalidad, sin dejar nada fuera. Lo  agradeció e hizo con él un gesto definitivo: entregarlo entero, sin reservarse nada (Mc 14, 22-24).  Desde entonces es un cuerpo a merced de nuestras manos y de nuestro gusto, en la mayor proximidad y en el más íntimo contacto.

Como el cuerpo de la mujer, capaz de contener y  alimentar con su sangre a la criatura que lleva dentro, el cuerpo de Jesús es un cuerpo abierto y vulnerado, quebrado y repartido. Constantemente donado. Al amparo de ese cuerpo podemos reconocernos y perdonarnos, crear comunidad, multiplicar el amor y recogerlo  para que nada se pierda.

Tras la resurrección Jesús seguirá ofreciendo su cuerpo de manera velada, invitándonos a tomar generosamente de él: “ Venid a comer ” ( Jn 21, 12).
Hay un pequeño relieve que representa la resurrección en el santuario de Yaundé en Camerún: Jesús baila  marcando el compás, lleva al ángel de la mano y sonríe. Ambos bailando unidos, al mismo paso, acomodándose el uno al otro [13], expresando en la ligereza, el abandono y la alegría del baile aquello que no encuentra mejor modo de ser contenido y vivido. Toda nuestra esperanza, todo lo que podemos soñar y ser, todo lo que anhela nuestro pequeño corazón está impreso en ese baile, guardado en ese abrazo del cuerpo de Jesús.

En adelante, será en los cuerpos vulnerados, en esos cuerpos que sufren, resisten y sanan, donde él ha querido quedarse expresamente presente, con una inmediatez que no deja lugar a dudas: “ Lo que hagáis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mi me lo hacéis ” (Mt 25, 40).  Nos hace bien recorrer ante ellos algunos de los nueve modos de orar [14]  de Domingo de Guzmán:

Inclinarnos ante el otro profundamente. Así se inclinaba Domingo ante el altar, ese altar del mundo que se despliega sorprendentemente ante nosotros en cada rostro. Tendidos en tierra , apoyados sobre la cara. Suplicando, adorando, entregados a Aquel que todo nos lo entrega primero. El rostro frente al crucificado arrodillados , sin apartar los ojos de los crucificados de nuestra historia y de ese Amor que nada detiene, que abraza el mal, que está desarmadamente ofrecido. Con las manos y los brazos abiertos y extendidos a semejanza de la cruz, disponiendo un refugio inmenso y acogedor donde puedan venir muchos.

Es el cuidado del cuerpo del otro lo que determina nuestra relación con Dios (Mt 25, 31-46).  El cuerpo del herido y el cuerpo del amigo devienen territorios sagrados donde aprendemos y maduramos; son los modos como Dios se hace “totalmente, humanamente, concreto para nosotros” >[15]. Decía   Egide , el jesuita obrero que tejió su espiritualidad con la vivencia de sus amigos y de los trabajadores pobres de su ciudad: “La experiencia trascendente de Dios y el encuentro personal con el amigo en sus dimensiones más profundas convergen en una unidad cuya evidencia sólo sospechamos, pero que nos colmará de dicha: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en Tí .  Esto penetrará hasta nuestra sensibilidad y nuestro ser corporal en la evidencia de una experiencia de felicidad intensa [16]”.

Es nuestro ser corporal el que va siendo tomado en nuestra oración y en nuestras relaciones. Tomado con reverencia, con respeto, con necesidad de reconciliación, con tremenda confianza,  con contento…Agradeciendo siempre, ayudándonos unos a otros a pertenecerLe cada vez más y a que vaya ocupando cada vez espacios más amplios y luminosos en nuestras vidas, también esos donde sentimos con mayor densidad nuestra fragilidad. “ Tomad, Señor y recibid toda nuestra corporalidad, con sus pulsiones, su opacidad, sus vaivenes y su energía profunda… Que no quede nada en nosotros donde Tú no entres. Ningún cuarto oscuro ni cerrado que no sea invadido por Ti.”

Necesitamos ayudar a Dios para que vaya haciendo lisa y suave la tierra de nuestro cuerpo y poder ofrecernos unos a otros ese espacio tomado donde Él permanece silenciosamente presente. Poder oler y gustar la dulzura y la suavidad de su Presencia en nuestra piel; poder decirnos unos a otros: “ Tomad, comed …” Y recibir su cuerpo en la eucaristía y en la vida de tal manera que en el nuestro  se vayan tejiendo, amorosa y pacientemente,  la sabiduría,  la humildad, el valor y  la ternura que necesitamos para atraer hacia Él,  para obrar sanación en nuestras historias;  y “ llevar frutos y flores a cada trozo de tierra donde uno va”. [17]    
                                                                       
                                                                                                       Mariola López Villanueva, rscj
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[1] TINA BEATTIE, Reflexiones teológicas, corporalidad y misticismo, en Concilium 295:Cuerpo y religión . Abril 2002,  pp.85-97
[2] JAVIER MELLONI, El deseo esencial, Sal Terrae 2009. Recomiendo la lectura del capítulo 1: “Respiración y deseo esencial”.
[3] Para esta transformación de los sentidos hacia una  sensibilidad evangélica ver el precioso  libro de B. GONZALEZ BUELTA, “Ver o perecer: Mística de ojos abiertos”, Sal Terrae 2006
[4] Cf. C. ALEMANY: Espiritualidad del cuerpo . Diccionario de Espiritualidad Ignaciana. Mensajero 2007. Cf. EMMA MARTÍNEZ OCAÑA, Cuerpo espiritual , Narcea 2009
[5] En la tradición ignaciana algunas anotaciones y adiciones van orientadas a encauzar la sabiduría del cuerpo como método oracional. Dice Ignacio: “Entrar en la contemplación cuándo de rodillas, cuándo postrado en tierra, cuándo supino rostro arriba, cuándo asentado, cuándo en pie, andando siempre a buscar lo que quiero (…) en el punto en el cual hallare lo que quiero, ahí me reposaré…” (EE 76)
[6] J.A. GARCÍA, Aprender a orar con el Padre Arrupe .   Revista Sal Terrae 95 (2007)  787-799
[7] J. KABAT-ZINN,    La práctica de la atención plena .  Kairós 2007
[8] “El culto en África entraña de manera significativa la participación del cuerpo. La música y la danza son parte integral de todos los rituales, desde el nacimiento hasta la muerte…Una madre africana rara vez se desatará al bebe de la espalda cuando baila al son de los tambores. El arte y las alegrías se trasmiten al niño por participación”. G.T.M. BYAMUNGU,Condición corpórea y conexión: un ámbito africano , en Concilium 295, pp. 143-155
[9] ETTY HILLESUM, Diario de Etty Hillesum . Una vida conmocionada .  Anthropos 2007, p. 50
[10] P. LEBAU, Etty Hillesum , un itinerario espiritual. Amsterdam 1941-Auschwitz 1943,Sal Terrae , 2000, p. 70
[11] O.c . p. 175
[12] O.c . p. 96
[13] DANIEL VILLANUEVA,  de su blog Siguiendo flechas.

“HAGAN LO MISMO QUE YO HICE CON USTEDES”


Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor,     ni el enviado más grande que el que lo envía. (Jn. 13, 13-16)

A veces, cuando vamos de misiones, nos asalta el fervor misional y nos creemos los evangelizadores del Reino. Cuando estaba en el noviciado el padre asistente se enojó cuando escuchó decir a un joven misionero que llegó de experiencias en Semana Santa al rancho: "venimos a traerles a Cristo". Cuando el padre nos explicó su enojo, dijo que tendría que pasar mucho tiempo para que aquel joven se diera cuenta de que, en el encuentro con los pobres, son los ellos quienes nos evangelizan a nosotros.

“El que sirve no es más que su Señor ni el enviado más que el que lo envía”

A veces es más fácil ayudar y sentir que otros nos necesitan, pero no es tan fácil sentirnos necesitados de los demás ("Tú no me lavarás a mi los pies") Cuando iba a la casa de aquellas personas que nosotros llamamos pobres, me invitaban un plato de comida, la mejor comida que tenían, y el resto de la familia comía de un solo plato. Mientras comía me venían sentimientos y pensamientos como "eres un aprovechado, porque te comes lo que podría ser para los niños", y me sentía muy mal. No disfrutaba la comida, a pesar de que ellos me la daban de corazón. Al final, me querían dar más, su mejor cobija, su mejor sonrisa, el lugar más agradables y confortable de la casa, etc.

Entonces recordé las palabras de un voluntario que alguna vez dijo a un jesuita: "es que yo quiero dar más de lo que recibo de esta gente", y él jesuita le dijo, "nunca le vas a ganar a Dios en generosidad". Y es que en el fondo está la imagen de que ellos son los pobres y nosotros venimos a ayudarlos, pero solamente con un poco de silencio en la noche, ante la vela encendida, en aquellas tierras de misiones podemos darnos cuenta de que son ellos quienes nos evangelizan, quienes nos ayudan a ver de otra manera las cosas. A veces necesitamos recordar que "el enviado no es más que el que lo envía". Y que como decía San Ignacio, "la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eternal". ¿Cuántos rostros de estos puedes nombrar, recordar y decir que son tus amigos? Porque el mismo Jesús, fue pobre entre los pobres, uno más, tan humano, su identidad era para los demás conocidas, un pobre de Nazareth. No fue a misionar entre los pobres, se hizo pobre entre los pobres, vivió las condiciones de la pobreza, la pobreza con sus virtudes y sus miserables atrocidades.

“¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?”

Este jueves fui providencialmente a un rancho del sur de Jalisco, me tocó asistir a la celebración del lavatorio de los pies y la instauración de la Eucaristía. El jesuita que celebraba explicó que en Evangelio de Juan no figura la instauración de la Eucaristía, pero sí, el relato del lavatorio de los pies, y que éste a su vez no aparece en los otros evangelios. ¿Por qué para Juan es más relevante este gesto que el de la cena? No es que la cena no lo sea, lo que sucede es que es un acto que se complementa con el otro y que están íntimamente vinculados. Cuando dice "hagan esto en memoria mía", también está diciendo  "Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes", es decir, lavarles los pies a los demás, ser servidores de los otros. Hemos sido invitados a hacer y ser como nuestro Amigo, que nos llama amigos y no siervos, a ser servidores como él lo fue.
En la celebración me tocó lavar los pies de una anciana, de un niño y de una jovencita. Cada pie era diferente, cada rostro era diferente, pero cada uno revelaba lo mismo, un llamado al amor y al servicio, pero también un llamado a la humildad. La humildad en la sencillez, en la diferencia, en la inclusión, en la sencillez de vida que llevan muchos hermanos nuestros. Cristo sigue presente en la historia, en este mundo que clama que seamos servidores. Eso muchas veces se nos olvida, en especial a los que nos llamamos seminaristas, sacerdotes, catequistas, servidores de algún ministerio, religiosos y religiosas; perdemos de vista que hemos sido llamados a servir y no a que nos sirvan. Si Él, que siendo el Señor y el Maestro les lavó los pies a sus discípulos, mucho más nosotros que somos sus discípulos debemos hacerlo con los y las demás. Porque como dice San Ignacio: “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”.

También tuve la sensación de una invitación radical: entre lo que es más agradable y lo que no lo es tanto. Me explico, al lavar los pies de la anciana, del niño y de la joven no tuve la misma sensación. Las cosas agradables no cuestan trabajo, pero servir donde la situación es confrontante, donde hay poco de comodidad y más complicación, no es tan fácil. Dice una canción "con esas condiciones, cualquiera cumple misiones". Lavar unos pies agrietados por el polvo, con un olor y un aspecto poco agradables a los sentidos no parece ser lo mismo que lavar unos pies cuidados, perfumados y delicados. "Ir a donde otros no quieren", decía San Ignacio a la Compañía naciente, "estar en las trincheras del mundo" decía el Papa Pablo VI, allá donde hagamos falta, porque el Señor es más grande que nosotros, porque Quien nos envía es más grande que nuestras flaquezas y que nuestros logros.

Una reflexión final

Un amigo me preguntó, ¿Por qué Jesús murió si había multitudes que los amaban, si había mucha gente que lo defendía? Le contesté, porque los que defendían a Jesús eran pobres, los marginados, los que no figuraban, los que carecían de influencias y riquezas, los que quedaban fuera del poder constituido. Y por el contrario, los que le condenaba eran los mismos que se encargaban de crear las leyes, y de ejecutarlas.

Pero es allí donde se encuentran las heridas sociales donde encontramos la vida, porque “sus heridas nos han curado”, nos han devuelto la vida. El mundo tal cual lo conocemos y hemos conocido nos da testimonio de que la forma en que organizamos el mundo, el mercado, la sociedad, el gobierno y nuestro anhelo de bienestar, excluye a muchos y los deja en la orilla, allí donde Jesús vivió y murió, pero donde también Resucito. Por eso, cada vez que escuches “hagan esto en memoria mía”, recuerda que además de la Eucaristía, también se está refiriendo a la inclusión social, a visitar al enfermo, a ayudar a la viuda y al huérfano, a construir un mundo donde todos y todas podamos vivir de manera digna.
“Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”, (Jn. 13, 17)




Pascua de Resurrección, Abril de 2012
Esteban Cornejo, SJ