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Ciego y mendigo


Por Esteban de Jesús Cornejo, SJ

..."un ciego que pedía limosna se encontraba a la orilla del camino" (Mc. 10, 46)

Parece ser que a los ciegos no nos queda otra cosa que vivir de los demás, de sus limosnas, de sus lástimas. Y también parece ser que nuestro lugar es allí, a la orilla del camino, donde no estorbemos el paso de los demás, donde podamos estirar la mano para recibir del otro la migaja.

Y allí estaba yo, a la orilla del camino de la vida. No en el camino, en la orilla. No donde la vida fluye, sino donde se estanca. Y todo por qué, por ser incapaz de ver. Incapaz de ver que soy amado, de que tengo mucho y que necesito poco para vivir, incapaz de saber que mi valor no está en mi apariencia ni en lo que poseo.

Mi ceguera consistía en no ver que el mundo no es lo que Dios soñó. Esta realidad no es el proyecto de amor, fraternidad, solidaridad y justicia que Dios había querido desde un principio. Mi ceguera consistía en dejarme persuadir por el consumismo, por el deseo de tener, de que me quieran, de “ser alguien en la vida”.

Ser ciego hoy, en el siglo veintiuno es no ver a nuestro alrededor la miseria, la pobreza, el sufrimiento, el individualismo, el machismo, la guerra, las injusticias sociales, la violencia, la contaminación del planeta, las muertas de Juárez, los migrantes asesinados, los jóvenes masacrados, el miedo en las calles. Ser ciego hoy es vivir como si nada de esto pasara, y como si nada tuviera que ver conmigo.

Por si fuera poco, estaba ciego también para ver el gran amor que se me ha regalado a través de muchas personas en mi vida. Comenzando con mi familia, mis amigos, los pobres, los sencillos. Hay tantas cosas por las que debiera estar agradecido, por el plato de comida, por mis cinco sentidos, por mi salud, por mi oportunidad de estudiar, de tener esta casa, de que salga el sol…

Pero estoy ciego, y si no lo puedo ver no lo puedo percibir, y no puedo agradecerlo. Y como siento que no lo tengo, ando mendingando, ando pidiendo migajas de amor, de reconocimiento, de afecto, de cercanía. Y para pedir a la orilla del camino me visto con los harapos del consumismo, a ver si así puedo llamar la atención. A ver si con este celular, con este pantalón, con estas botas, con estos lentes y este lenguaje puedo llamar su atención y sentirme amado y reconocido. Aunque sea un poquito, por eso se llaman limosnas y migajas.

"Al enterarse que era Jesús de Nazaret el que pasaba, empezó a gritar" (Mc. 10, 47)

Un día estaba en esa misma orilla del camino, cuando escuché que se acercaba mucha gente. Pregunté qué ocurría y alguien me dijo que era Jesús el de Nazaret. ¿Qué ese no se murió hace 2011 años? Pregunté y me contestó una persona: “no aquí viene pasando por el camino”.

Yo había escuchado de él en la misa, y en el catecismo. Decían que amaba a los pobres y pecadores, y sanaba a los enfermos. De hecho que le había devuelto la vista a muchos. Pensé “tal vez el pueda ayudarme”. Reaccioné y entonces, comencé a gritar esos gritos profundos que había cargado durante tantos años: ¡Jesús, ten compasión de mí!

¡Escúchame Jesús, por favor!, dime algo, ¿cuéntame por qué nací? ¿Para qué he sido creado? ¿Qué diferencia habría en el mundo si yo no hubiera nacido? ¿En verdad tengo una misión? ¿En verdad Dios me amó desde el principio? ¿Qué puedo hacer para sentirme vivo? ¡No quiero seguir siendo un ciego, porque eso significa estar apartado del camino y vivir de las limosnas, esto no es vida Jesús, escúchame, háblame!

"Muchas personas trataban de hacerlo callar, pero el gritaba con más fuerza" (Mc. 10, 48)

El mundo con sus anuncios de televisión me decía: “calla, no grites, solo compra esto y serás feliz”, otras personas me decían: “cállate, no molestes a Dios, está demasiado lejos de nosotros como para que venga”, otras insistían tapándome la boca: “para que gritas, si Dios no te escucha, es más, ni existe”, otras voces querían tapar mi voz y la hundían en un ruido constante de borracheras, las fiestas, la diversión, la pornografía, el sexo y el placer por el placer.

Cansado de no poder gritarle los gemidos profundos del corazón, grité con todas mis fuerzas. ¡Jesús, hijo de Dios vivo, ten compasión de mí!. Eso fue un abril del dos mil seis. Lo maravilloso de este grito es que fue en silencio, en un profundo silencio. Es solamente desde el silencio donde pueden salir los gritos más verdaderos, fuertes y profundos que llevamos callados, ahogados, en nuestro corazón.

Y al gritar con todas mis fuerzas en lo profundo de mi silencio, Él me escuchó.

"Llámenlo" (Mc. 10, 49)

Jesús se detuvo, y le dijo a uno de sus amigos “llámenlo” (Mc. 10, 49). Vinieron hasta mi y me dijeron, “Vamos, levántate que te está llamando” (Mc. 10, 49). Jesús se valió de otras personas para decirme que me estaba llamado. Una de esas personas es una gran amiga mía. Ella se acercó para decirme esas palabras, “¡anda pues, levántate, que te está llamando, corre, corre, ve, ve pronto, allí está Él, esperando por ti, vamos!”

Yo no lo podía creer. Me estaba llamando, estaba allí parado en el camino esperando por mí. Me escuchó. Qué inmensa alegría, así que arrojé mi manto. Es decir, me despojé de aquello que me estorbaba para caminar, eso que cargamos en las espaldas. Ese manto era una inmensa carga de miedo, de conformismo, de individualismo, de rencor y de victimismo. Lo arrojé como se arroja al suelo un cántaro que se estrella. Y de un salto me puse de pie, a tientas, entre la gente comencé a caminar hacía Él y mucha gente me ayudaba a llegar. Esa gente ha sido importante para mí, amigos, familiares, gente a la que he servido y con las que he aprendido que no fui a evangelizar sino a ser evangelizado en el amor y la sencillez.

Por fin llegué hasta Él. No lo podía ver, pero lo sentía. Sentí sus manos en las manos de los indígenas de Chiapas que me regalaban de su café y su tortilla, sentí sus pies en los pies del migrante que llegó a Torreón con sus pies ampollados y descalzos, sentí su mirada en los sobrevivientes de la masacre de Acteal, y escuché su voz en la voz de un anciano que al despedirse me dijo “no te olvides de nosotros los pobres”.

Me preguntó “¿qué quieres que haga por ti?” (Mc. 10, 51). Le respondí inmediatamente, “Maestro, que vea” (Mc. 10, 51). Por favor, quiero ser libreeeeee de esta cegueraaaa. Libre de esto que me ata, que se pone frente a mí como obstáculo infranqueable. Quiero ser libre de este recuerdo que me lastima y me hiere. Quiero ser libre de mis sentimientos de envidia, de odio y de sentir que continuamente me critican y se burlan de mí. Quiero ser libre de esta culpa y de esto que siento que no puedo perdonar. Quiero tu amor gratuito y la capacidad de recibirlo. Quiero poder amar y ser amado en entera libertad. ¡Ayúdame por favor! Porque ser ciego es ser esclavo, poder ver es ser libre. Con mi respiración agitada, me calme un poco, toqué su mano y el me acarició la cara. Seguramente me miro con ternura. Pude sentirlo, y lloré, lloré mucho.

Entonces ocurrió el milagro de mi vida. Me ayudó a ver, me devolvió la vista, conocí la luz, pero también las sombras, los pájaros y las personas, los rostros y sus gestos, el amor y el odio, la esperanza y la desesperanza, la soledad y el deseo de que otros se encuentren con Él. Y me dijo: “Puedes irte, tu fe te ha salvado” (Mc. 10, 52). Y sí que me ha salvado, me ha salvado de no ser consciente de la lógica del mal en mi vida, me ha salvado de seguir ciego, de vivir para mi mismo, me ha salvado de mi individualismo.

…“pudo ver y siguió a Jesús por el camino” (Mc. 10, 52)

Nadie me obligó a seguirlo, yo quise libremente hacerlo. ¿Y cómo no hacerlo? Si es mi mayor alegría. La mayor Alegría es saberse amado. El amor es lo único que nos transforma a la vida plena y en abundancia.

Pero hay una mayor Alegría, y es ayudar a que otros se sepan amados también. Esto es una doble Alegría. Para mí, eso es la vida religiosa. Ir con Jesús por el camino, siendo su compañero, estar cerca de Él para cuando encontremos otro ciego por el camino el me diga “llámenlo” y entonces pueda decir al otro emocionado: “¡Vamos, levántate que te está llamando!”…

PRIMER MOCHILAZO DE MUJERES



Del 16 al 22 de diciembre un grupo de 10 jóvenes univeristarias en su mayoría, acompañadas de 3 religiosas de diferentes congregaciones vivimos la experiencia del Mochilazo ignaciano. Fue una experiencia rica en varios aspectos. Los paisajes de exuberante vegetación, invitaron y capacitaron en el silencio, y al mismo tiempo gritaron la presencia de Dios. Los indígenas nos evangelizaron en su trato sencillo y fraterno. Los textos de Ignacio de Loyola – Ejercicios Espirituales- nos impulsaron a conocer internamente a Jesús de Nazaret.

Todo esto se entrelazó en nuestro interior mientras caminábamos de comunidad a comunidad… el silencio interior ganó espacio día con día… generando personas dispuestas a escuchar a su Dios encarnado en la realidad de la sierra veracruzana. Las jóvenes con sus actitudes en las caminatas, en las comunidades y en la oración; nos recordaron la necesitad de silencio, de encuentro con el otro y por supuesto con Dios…


Gracias Jesús por regalarme esta semana de múltiples encuentros…
 
Gracias P. Roman Elias (sacerdote diocesano) por abrirnos tu parroquia y por el testimonio de pastor cercano a su gente y a nosotros; por tu entrega y alegría.

Gracias a todas las familias que abrieron sus casas para recibirnos, gracias a todos los que salieron a nuestro encuentro… quienes nos evangelizaron…


Gracias Jesuitas por compartirnos la experiencia del “Mochilazo” Gracias RIA –Red Ignaciana de Acompañamiento- por propiciar estos espacios de experiencias inter congregacionales.


Gracias chicas por creer en este proyecto… por la profundidad con la que se atrevieron a vivir esta experiencia… Y gracias por todos aquellos que hicieron posible esta semana Esto es buena noticia y soy testigo de que Dios pasó por nuestras vidas y se detuvo… a compartir la vida.


Celina Segovia Sarlat Religiosa de Jesús-María. Encargada de Vocaciones jesusmariaredvocaciones@yahoo.com.mx

Experiencia de misionero en Zongolica, Veracruz

Experiencia de misiones en Zongolica, Veracruz. Invierno 2010

Contexto: Parroquia de San José de la Montaña en Temaxcalapa, perteneciente a la Diócesis de Orizaba, Veracruz. Es el segundo año que van jóvenes que comparten la espiritualidad ignaciana acompañados de jesuitas.

Rostros curtidos por el sol, niños y ancianos con los pies descalzos. Una capilla con piso de tierra y maderas, como la de Acteal donde fueran acribillados nuestros hermanos en 1997.

Los ministros Balbina y Delfino, fueron las primeras personas que salieron a mi encuentro con hermanos de ésta Iglesia autóctona. De pronto me encontré caminando tras ellos hacia “Terrero” y pude vislumbrar lo que sentiría Juan Diego camino de Tlatelolco. Tuve mi Tepeyac por algunos minutos. La diferencia es que en vez de huizaches y nopaleras, acá contemplé las matas de café, naranja, lima, mango, aguacate, plátano, guayaba, etc.

Miradas de admiración al ver a un barbón con facha de extranjero. Saludando, agradecí la oportunidad de estar ahí con ellos. No se si me entendieron todo lo que dije. Pero les hablé de Juan Diego, luego me salté el rito de la paz, del Padre Nuestro me fui directo al de la Comunión. Al final Balbina, la ministra, me lo hizo saber fraternalmente.

En estas misiones, mis primeras en comunidades indígenas, al principio sentí mucha incertidumbre, ¿Cómo me comunicaría con ellos?. Después confirmé que la lengua no fue una barrera. Nos recibieron y nos comportamos como verdaderos hermanos, comiendo en la misma mesa, compartiendo los alimentos, las alegrías, los dolores…

Me alegré con la neblina, las montañas y el agua siempre corriendo. Había vida por todas partes. Pude sentirme como una hormiguita avanzando lentamente en las angostas veredas-precipicio como las de “El Señor de los anillos”.

El tiempo no existe… parece que no pasa. Sin embargo, los hombres y las mujeres trabajan en el campo, salen muy temprano de sus casas de madera. Van por leña, la traen a cuestas hasta sus casas. No todos tienen mulas. De la misma forma acarrean el agua. El primer día visitando casas nos encontramos con una mujer cosechando ejotes, otra cosechaba las vainas de frijoles negros. Un hombre cortaba flores amarillas, quizá para el altar de su casa. Prácticamente todas las casas que visitamos tenían un altar en algún lugar, con imágenes, estampas, y hasta estatuillas de la Virgen de Juquila, de la de Guadalupe, de Santiago Apóstol, de Rafael Guisar y Valencia, de otros santos.

LOS FRUTOS…

Cómo olvidar aquella cruz de piedra entronizada un 23 de noviembre, en la fiesta del padre Pro, donde la primera vez que fui a Tecpanticpac descansamos el cuerpo y el espíritu. Y donde al regresar con mi equipo, tras los días de “posadas extremas”, hicimos un alto para hacer oración y recoger todos los valiosos frutos de la experiencia.

Aprendí a ver con más profundidad a los niños, a ser hermano en las casitas de madera con piso de tierra, a contemplar agradecido la naturaleza, a confiar en la creatividad y la iniciativa de mis hermanos misioneros, a agradecer por las ancianas que todos los días caminaban descalzas a las posadas, entre el barro y el frío.

Los hermanos indígenas de la sierra de Zongolica me enseñan que he de darme tiempo para escuchar al corazón. Me confirman que para ser feliz no hace falta tener, sino ser y disfrutar la vida. Contemplándolos en sus labores confirmé también que la mejor manera de entregar la vida es el servicio y el trabajo por los demás. De su sencillez brota una gran fuerza, una fe profunda que los hace enfrentar sus penas y sus dolores, que los lleva a vivir sin temor, luchando por tener el pan de cada día para sus familias. Nos enseñan que en medio de las calamidades de la pobreza hay esperanza, que somos más felices si vivimos con simplicidad.

Lentamente fui entrando en sintonía con la comunidad Náhuatl intentando dejarme llevar por el Espíritu. Confiar en Dios y en mis hermanos hizo que me quedara con el corazón inflamado de Consolación. Dios me concedió una alegría profunda y la gracia de la confirmación de mi vocación como jesuita. Consolado, contento y cansado.

Rostros concretos.

Una de las vivencias que más me impactó fue el encuentro con una anciana que vivía sola. Al principio no nos quería recibir, pero nuestro guía, Pascual, algo le dijo en Náhuatl, que hizo que abriera la puerta. La vi y sentí compasión por ella. Había perdido un ojo por una catarata, y el otro ojo ya lo tenía enfermo. Entonces hicimos una oración por ella en el quicio de la entrada de su cabaña, unos sentados, otros hincados. Por un momento puse mi mano sobre su cabeza y cuando la retiré pude ver las lágrimas en sus ojos. Dios nos hizo sentir su Amor, yo me sentí su instrumento.

La noche del 21 de diciembre nos reunimos los misioneros en la Parroquia y compartimos nuestra experiencia de misiones. Algunas de las frases, sentimientos e ideas que escuché de la boca de los misioneros, y me conmovieron más son las siguientes:

“Los niños y las mujeres cargan con garrafones de 20 litros, van a los nacimientos de agua. Me hizo valorar que en la ciudad, en nuestras casas, solo tenemos que abrir la llave y tenemos agua para bañarnos, para lavar ropa o trastes”.

“Esperaban que comiéramos nosotros primero, y ya después si sobraba algo, comían ellos. Nos daban todo lo que tenían”

“El regalo mas valioso lo encuentras en lo más sencillo: la alegría de un niño por tener un dibujo en sus manos”

“Los indígenas náhuatl son muy trabajadores. Pero les pagan muy poco por su trabajo, siento impotencia, coraje… (lágrimas)…”

“El Reino se construye desde lo pequeñito: compartir y agradecer por los alimentos, como Jesús lo hacía”

“Un niño me dijo: >Tengo un sueño: estudiar una carrera. Pero sé que nunca lo haré porque mi papa no tiene dinero<”

“Saber que las cosas no están completamente en nuestras manos… tienen mucha fe y esperanza, y no esperan milagros…”

“Una ancianita coloreando me inspiró la imagen de la ternura de Dios en nuestras vidas”.

“El padre les regalo pintura. Inmediatamente se pusieron a pintar la capilla y como no tenían brochas, pintaban con trapos amarrados a un palo. Algunos dejaron su trabajo y su familia para pintar la capillita, dejan lo que más quieren por la Iglesia, por Dios…”


Al final, el Padre Román nos dijo: “Ustedes ya conocen a qué sabe el pan de los pobres. Han experimentado a qué sabe ser alimentado por los pobres…” y todavía con lagrimas en los ojos sentí que una Paz profunda invadió mi espíritu. Me encontré rebosando de agradecimiento a Jesús, mi hermano…